Cuando hablamos de robótica social solemos imaginar, casi de inmediato, a un ser humano acompañado por una máquina que intenta vincularse como si fuese otro ser humano. Sin embargo, la idea no es tan nebulosa como parece. En Japón, por ejemplo, robots como Pepper han sido utilizados en tiendas y bancos para interactuar con clientes desde hace más de una década. En hospitales y centros de cuidado para adultos mayores, dispositivos como Paro, una foca terapéutica robotizada, han mostrado efectos positivos en pacientes con demencia, reduciendo niveles de estrés y ansiedad.
Si ampliamos la mirada, veremos que la robótica social no solo está presente en robots con forma física. Los asistentes virtuales y sistemas conversacionales basados en inteligencia artificial ya forman parte de nuestra cotidianidad. Según reportes recientes de consultoras tecnológicas globales, el mercado de robots sociales y de servicio mantiene un crecimiento sostenido impulsado por el envejecimiento poblacional y la demanda de atención personalizada. Es decir, más que dar sus primeros pasos, la robótica social parece estar cambiando de velocidad.
De pronto, al darle vueltas al término, podríamos caer en la cuenta de una tecnología que, apoyada en sensores, reconocimiento facial, procesamiento de lenguaje natural y aprendizaje automático, no solo ayuda o acompaña, sino que comienza a interpretar emociones y contextos. Y allí es donde la conversación se vuelve más interesante.
La robótica social: lo bueno, lo malo y el camino extraño de su innovación
Todo lo anterior no solo demuestra las posibilidades de este tipo de desarrollo; también evidencia que ya estamos rodeados de “máquinas” —muchas veces invisibles, como el software— que nos acompañan socialmente. Pero cuidado: los matices pueden ser complejos y las implicancias éticas no siempre se discuten con suficiente profundidad.
En China se presentó recientemente un robot humanoide orientado a la compañía emocional, equipado con inteligencia artificial capaz de reconocer patrones de voz, microexpresiones faciales y responder con frases diseñadas para generar empatía. La noticia generó entusiasmo y también preocupación: ¿somos los humanos más o menos empáticos que estos desarrollos? ¿O estamos delegando una capacidad profundamente humana a sistemas entrenados con datos?
1. No son los primeros pasos, la robótica social ya fue fundada.
La robótica social no nace hoy. Sus fundamentos se remontan a investigaciones académicas de los años noventa, cuando universidades y laboratorios comenzaron a explorar cómo diseñar máquinas capaces de interactuar socialmente con personas. La idea no era solo que ejecutaran tareas, sino que comprendieran normas sociales básicas: turnos de conversación, distancia interpersonal, contacto visual.
Con el tiempo, la robótica social fue consolidándose como un campo interdisciplinario que integra psicología, ingeniería, diseño y ciencias cognitivas. No se trataba únicamente de crear un robot funcional, sino uno “aceptable” socialmente. Esa aceptación, curiosamente, se convirtió en uno de los mayores desafíos: no basta con que el robot funcione, debe generar confianza.
2. La robótica social en su versión más simple: conversar sin humanos.
En su forma más básica, la robótica social ya está presente en el concepto de chat conversacional. El “chat que responde como humano” ha normalizado la idea de dialogar con una entidad no humana. Hoy millones de personas interactúan diariamente con sistemas que simulan empatía, comprensión e incluso humor.
Este nivel inicial es aparentemente inofensivo: resolver dudas, acompañar procesos de compra, ofrecer soporte técnico. Pero incluso aquí surgen preguntas: ¿qué ocurre cuando el usuario desarrolla apego? ¿Qué pasa cuando la frontera entre interacción funcional y vínculo emocional comienza a diluirse?
3. La robótica social como compañía emocional avanzada.
El siguiente nivel es más complejo. Robots diseñados específicamente para acompañar a personas mayores, niños con trastornos del espectro autista o individuos en aislamiento social ya están siendo probados en distintos países. Informes de prensa recientes destacan cómo estos dispositivos pueden estimular conversación, memoria y rutinas diarias.
Aquí la robótica social deja de ser un simple asistente y se convierte en un actor emocional. El dilema aparece cuando el acompañamiento tecnológico sustituye relaciones humanas reales. ¿Es un complemento o un reemplazo? ¿Una solución pragmática o un síntoma de sociedades cada vez más desconectadas?
4. La robótica social y los dilemas éticos que recién comienzan.
A medida que la robótica social incorpora reconocimiento emocional, análisis predictivo y aprendizaje autónomo, las preguntas dejan de ser técnicas y pasan a ser filosóficas. ¿Quién controla los datos emocionales recolectados? ¿Cómo se regula la manipulación afectiva mediada por algoritmos?
En Europa y Estados Unidos ya se discuten marcos regulatorios para sistemas de inteligencia artificial que interactúan socialmente con personas vulnerables. Las noticias recientes sobre propuestas de regulación evidencian que el tema no es ciencia ficción, sino política pública en construcción. La robótica social, entonces, no solo avanza en laboratorios; también ingresa en parlamentos y debates ciudadanos.
Lo que parecía una idea lejana —una máquina social— ya está aquí, evolucionando de conversaciones simples a interacciones emocionalmente sofisticadas. Quizá la pregunta no sea si la robótica social da sus primeros pasos, sino si nosotros estamos preparados para acompañar los suyos.

5. Avances en Latinoamérica y robótica social.
En Latinoamérica, la robótica social avanza de manera progresiva, principalmente desde universidades y centros de investigación en países como Brasil, México y Chile. Allí se desarrollan prototipos orientados a educación inclusiva, apoyo en salud comunitaria y acompañamiento de personas vulnerables, adaptando la tecnología a realidades sociales propias de la región.
Aunque todavía no existe una adopción masiva en el sector productivo, ya se experimenta con robots que estimulan el aprendizaje en niños con necesidades especiales y promueven vocaciones científicas en jóvenes. Son avances aún iniciales, pero suficientes para demostrar que la región participa activamente en la evolución global de la robótica social.
6. Peligro del avance en la guerra y robótica social.
Cuando la robótica social se vincula con entornos militares, el escenario cambia radicalmente. Las mismas capacidades que permiten interpretar emociones o interactuar con humanos pueden ser integradas en sistemas autónomos utilizados en conflictos, aumentando el riesgo de decisiones automatizadas en situaciones críticas.
Además del uso directo en combate, existe el peligro de aplicar estas tecnologías en estrategias de manipulación psicológica o propaganda automatizada. La combinación entre inteligencia artificial avanzada y robótica puede desdibujar la responsabilidad humana en la guerra, lo que vuelve urgente el debate ético y los mecanismos de control internacional.
7. Regulación e impacto económico de la robótica social.
La robótica social plantea desafíos regulatorios que van más allá de la protección de datos. Cuando una máquina puede interpretar emociones, influir en decisiones o generar apego, surgen preguntas sobre transparencia, límites éticos y responsabilidad legal. Diversos países ya debaten marcos normativos para sistemas de inteligencia artificial de alto riesgo, especialmente cuando interactúan con poblaciones vulnerables.
El problema es que la innovación suele avanzar más rápido que la legislación. La robótica social puede utilizarse para acompañar y asistir, pero también para persuadir o manipular conductas de consumo. Por eso, el equilibrio entre innovación tecnológica y protección ciudadana será clave en los próximos años.
En el plano económico, el impacto es doble: abre nuevos mercados en educación, salud y servicios personalizados, pero también transforma empleos tradicionales vinculados a la atención humana. Más que eliminar trabajo, la robótica social está redefiniendo los perfiles profesionales que el futuro demandará.
8. Información sobre avances de robótica en español.
Proyecto de robots sociales de asistencia en la Universidad de Málaga
Desarrollo de nueva generación de robots sociales con capacidades adaptativas en entornos reales. La próxima generación de robótica social de asistencia se desarrolla en la Universidad de Málaga (Cadena SER)
Robot terapéutico “Perrete” en España
Robot con forma de perro que se usa en residencias para personas con Alzheimer, mostrando efectos terapéuticos. El perrete‑robot español que logra frenar el Alzheimer y se ha convertido en la estrella de esta residencia de ancianos (HuffPost España)
España crea laboratorio para estudiar interacción humano-robot e IA
Iniciativa pública para investigar relaciones responsables y éticas entre humanos y robots. España impulsa un laboratorio para estudiar las relaciones de los humanos con IAs y robots (El País)
Proyecto de robótica social en la Universidad Católica San Pablo (Perú)
Desarrollo de robots que interactúan y atienden necesidades humanas, con reconocimiento de emociones. La San Pablo, en Perú, apunta a crear robots sociales que estén al servicio de las personas (UCSP)
Uso de robótica social y IA en pediatría en Perú (INSN San Borja)
Tecnologías integradas en atención pediátrica para mejorar calidad de vida de niños con enfermedades complejas. Inteligencia artificial y robótica social transforman la atención pediátrica en el INSN San Borja (Infobae)
Análisis de impacto social y ético de IA y robótica
Porcelli, Adriana Margarita — La inteligencia artificial y la robótica: sus dilemas sociales, éticos y jurídicos: Artículo académico que examina los desafíos éticos, sociales y jurídicos derivados del uso de inteligencia artificial y robótica, destacando la necesidad de marcos legales actualizados y protección de derechos humanos frente a sistemas autónomos. Porcelli, A. M., Universidad Nacional de Luján, Derecho Global. Estudios Sobre Derecho y Justicia 6(16), 49-105 (2020).
